Los obstáculos de la comunicación

En mis cursos suelo proponer prácticas que permiten comprobar cómo comunicar no es tan fácil como parece. Repasamos de manera práctica y teórica hasta qué punto cada persona es un universo que filtra el mensaje recibido según los contenidos y la predisposición de su mapa interior. (No está de más recordar que el mapa no es el territorio).

Está ampliamente estudiado como podemos añadir, suprimir, matizar, reinventar, bordar, omitir, censurar, interpretar, proyectar, presuponer, negar, desviar, los contenidos recibidos, en función del momento, estado y registro de cada universo personal. Cuando además el mensaje inicial sigue un recorrido que va pasando de persona a persona (como en el juego del teléfono de cuando éramos niñ@s), las distorsiones de cada filtro-persona desdibujan progresivamente la historia hasta convertirla en otra. Así, la película que llega al final es siempre totalmente diferente de la inicial. Eso sí, cada uno de los eslabones está convencido te poseer la verdad.

No es grave si somos conscientes del fenómeno y tenemos la precaución de ir a la fuente del mensaje que nos llega a través de otr@s para cotejar el grado de distorsión que haya podido darse, incluso con la mejor de las intenciones.
Cuando no es así, es fácil adentrarse en el terreno pantanoso de certezas poseedoras de razones exluyentes. Ese fenómeno, sujeto a la creencia de detentar La Única Razón, tiene efectos devastadores. Imposibilita el diálogo y la escucha, aleja de ese espacio la flexibilidad, la apertura y el corazón que nos humanizan. Impide aprender tanto de aciertos como de desaciertos. Un vínculo contaminado con tal cantidad de ruido dificulta el restablecimiento saludable del circuito, cercena la confianza y el respeto al dejar de reconocerlos.

Por lo general, una vez construida una relación de respeto y confianza, cuando emergen disonancias son fácilmente reconducibles por las partes implicadas. Cuando nos llega una acusación, si podemos mirarla y reconocer qué parte de verdad puede encerrar, si le damos reconocimiento a lo que la otra persona nos ha lanzado, se suele abrir el espacio de la elaboración y de la comprensión mutua. Los malentendidos se aclaran y se desvanecen. El mensaje se reencuadra, adquiere otra proporción, cambia de sentido. Ahí ambas partes tiene la oportunidad de crecer, de conocerse un poco más. Se afianza la confianza y el corazón se alegra.

Cuando una parte implicada reconoce que puede haber sido poco afortunada, (¡Dios nos libre de la implacable exigencia de Perfección que nos deshumaniza!) la otra parte suele sentirse reconocida y respetada, puede escuchar y aceptar esa toma de conciencia: el diálogo se restablece, la energía vuelve a fluir, la vida sigue. Las experiencias nos enriquecen.

A veces, lamentablemente, una de las dos partes puede estar en la incapacidad de modificar la reacción visceral y negarse a elaborar otras maneras de enfocar el fenómeno producido. Paradójicamente una parte puede revisarse y la otra puede afianzarse en el beneficio de sentirse ofendida, buscar alianzas que alimenten su victimismo, su “razón”. De esa guisa, se tira por la borda todo el contexto en el que se tejió la relación a lo largo del tiempo anterior. Aun así, todo tiene un sentido, que quizá se desvele más adelante.
A veces, las relaciones se rompen, aunque un@ no quiera.
A veces, el tiempo calma las aguas turbulentas y la claridad da paso a otra perspectiva.
A veces los caminos permiten reencuentros.
A veces, sin embargo, los aprendizajes se integran al margen de la otra persona.
Lo importante es seguir aprendiendo, no olvidar que tod@s estamos en la escuela de la vida y que somos l@s primer@s repsonsables de cómo vivimos lo que la vida nos propone…

Sigo pensando que la comunicación verbal y la interrelación personal constituyen un campo de primer orden para evolucionar, para hacernos humildes a diario, para redimensionarnos constantemente entre lo sublime y lo destructivoo que anida en toda materia humana, a modo de diamante en bruto para pulir. Tod@s estamos llamados a esa alquimia.

Sigo practicando y enseñando que cuando alzamos el índice acusador contra alguien o contra el sistema, es decir hacia algo exterior a nosotr@s, no vale sino pasamos acto seguido a mirar hacia dónde se han doblado el dedo medio, el anular y el meñique: es decir, hacia nosotr@s. ¿Cuál es el posicionamiento personal que ha fomentado esa primera intepretación? ¿Cómo me responsabilizo de mi participación en ese espacio compartido? Ese cambio de orientación de la mirada encierra un poder transformador importante. En un primer momento poco confortable, porque pone un poco de luz sobre nuestra sombra particular y sacude nuestro orgullo, gracias al fuego de la autenticidad nos permite destilar una gota de conciencia y de luz. Alimento de nuestro caminar por la senda compleja y fascinante de la vida, la emergencia de la dignidad vertical que se combina con la horizontalidad nos hace a tod@s de la misma pasta.

Ojalá que la escucha y el corazón nos sigan guiando hacia ese cambio de paradigma en el que podamos asumir la propia responsabilidad, atravesar las mentiras interiores, dejar de alimentar el apego al sufrimiento inútil, dejar de acusar a l@s demás de lo que nos pertenece y vivir en paz.
Ojalá que aceptemos simplemente el dolor inherente a la vida, bien distinto al sufrimiento que abonamos dándole valor de realizadad a ese juego fantasmagórico de las mentes desbocadas.
Ojalá que apostemos a diario por dar la espalda a realidades infernales y maravillarnos ante el esplendor y la riqueza de la vida.
Ojalá que la paz interior acalle el rugido ensordecedor que nos impide Escuchar.

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